jeudi, novembre 20, 2008

43 de diciembre

=)

El reloj marcaba las 10:00 am en punto, en el termómetro se podía ver que la temperatura estaba por debajo de los 0 grados; el frío no calaba ni su piel ni sus huesos. Era una mañana fría, pero no por el clima sino por lo sucedido.

Las ilusiones habían tocado a su puerta por enésima vez, aunque la barrera estaba ahí edificada, no pudo evitar abrirles una vez más la puerta. Ilusa, pobre Ilusa...

Transcurría el día e Ilusa no dejaba de pensar en todo ese revoloteo interno, no era la cabeza ni el estómago, la sangre corría ardiente por todo su cuerpo. No sentía el frío en las venas, ni en los dedos; la neblina cubría parte del parque que se alcanzaba a mirar por la ventana de la cocina.

Salió de ahí tomando los guantes que estaban colgados en el perchero, una bufanda a rayas y un abrigo negro. Temblaba al dar el paso, pero tenía que llegar al otro lado de la acera, ver la fuente congelada y reflejarse en el hielo.

Con sus pasos torpes logró llegar ante esa majestuosa escultura, se asomó y vió una imagen borrosa, nula de reconocerse. Aunque sabía que lo ahí mostrado no era más que una bola de ilusiones congeladas no dejaba de mirarla.

Algo goteaba desde arriba, mojando el hielo puso sus manos sobre la fuente. Estaba arrepentida de haber tomado esa noche el teléfono y contestar la llamada, se preguntaba cada segundo sin tener una respuesta, intentaba encontrar la razón lógica; pero no existía.

Volteó y vió que en la puerta de la casa seguían paradas las ilusiones que no pudieron entrar, se quedaron esperando que las invitara a pasar. Sin embargo, decidió dejarlas afuera a la interperie, tal vez para que muerieran de frío o decidieran tocar otra puerta. Las que lograron escabullirse por su barrera impuesta ya eran lo suficientemente mortales.

Miró hacia el cielo para sentir la breve brisa que en ese momento pasaba, cerró los ojos y sintiendo cómo algo tibio recorría sus mejillas frotó ambas manos y se las llevó a la cara.

- No más ilusiones Ilusa, se decía así misma.

Esa llamada había alborotado todo su cuerpo, se dió cuenta que existía sólo un ser capaz de congelarle el corazón una y mil veces.

Fue la mañana del 43 de diciembre, cuando decidió morir por enésima vez.

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